1° DE MAYO CONTRA LOS ATAQUES DEL CAPITAL-ESTADO Sobre la reforma laboral en Ecuador

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De Proletarios Revolucionarios

El gobierno progresista y ciudadanista de Correa ya no puede ocultar la existencia de la crisis capitalista ni evitar tomar medidas de “ajuste de cinturones” contra la clase trabajadora. Así, el 17 de marzo del presente año aprobó la “ley orgánica para la optimización de la jornada laboral y seguro de desempleo”, cuyo eje central es que las empresas que demuestren tener pérdidas van a poder reducir la jornada de trabajo de 8 a 6 horas diarias (de 40 a 30 horas semanales), pero asimismo el salario al valor de esas 6 horas; manteniendo, además, el aporte de los trabajadores al seguro social (al Estado) proporcional a 8 horas de trabajo, entre otras disposiciones del mismo calibre que tienen que ver con el “seguro de desempleo”, el “empleo juvenil” y la licencia de maternidad. Ese mismo día, hubo una protesta a las afueras de la Asamblea Nacional -blindada por la Policía Nacional- y, horas más tarde, una masiva marcha de los sindicatos de trabajadores -“sin incidentes”.

Esto acontece dentro de un contexto internacional y local marcado por la recesión económica y el aumento del desempleo y la inflación. Concretamente en el Ecuador, el PIB para este año crecerá sólo 0.1%, el presupuesto estatal se redujo 17%, la tasa de desempleo actual se ubica en 5.7% de la PEA, la de “empleo inadecuado” (subempleo, etc.) en 53.9%, y la de inflación en 4,05%, según el propio INEC. En resumidas cuentas, en este país hay cada vez más gente desempleada (incluyendo quienes escribimos esto), subempleada (sobre todo en la informalidad) y, para rematar, cada vez se hace más alto el costo de la vida.

Por lo tanto, esta reforma laboral es una medida estatal de austeridad que, para gestionar la crisis capitalista, ataca y deteriora aún más las actuales condiciones de trabajo y existencia de nuestra clase. Reducir la jornada laboral y el salario, y encima aumentar los precios de la canasta básica, implica aumentar la presión e intensidad del trabajo durante esa nueva jornada de 6 horas diarias, a la vez que depreciar el salario por debajo de su valor real; es decir, implica súper-explotar o aumentar la tasa de explotación de la clase proletaria para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia de la clase patronal. Mejor dicho, para los trabajadores asalariados-as esta medida significa más trabajo y menos dinero para poder sobrevivir, mientras que para los empresarios significa hacernos pagar su crisis y seguir enriqueciéndose a costa nuestra. Sin duda, se trata de un ataque histórico del Capital-Estado contra el proletariado que vive en este territorio. Demostrando que los verdaderos ladrones y violentos son ellos: los capitalistas; en este caso, con su terrorismo económico y legal, democrático.

No conformes con ello, el gobierno y los empresarios nos mienten con el discurso de la “protección del empleo digno” y del “evitar despidos y cierres”. Mientras que los sindicatos le oponen el iluso y reformista discurso de la “estabilidad laboral” y la “contratación colectiva” en tiempos de crisis, frente a esta nueva “precarización laboral”. En realidad, el “trabajo digno” y el “trabajo precario” no existen, porque el trabajo asalariado es precario o inestable por naturaleza y, fundamentalmente, porque es trabajo explotado y la explotación del hombre por el hombre no es digna más que para los explotadores y sus ideólogos variopintos. Tampoco es cierto que se va a evitar despidos, porque esta ha sido –y con fuerza- la tendencia real desde fines del 2015 hasta la presente fecha; y, sobre todo, porque el desempleo no es “circunstancial” ni mucho menos “por la nueva ley de aumento de impuestos” a ciertas empresas, sino que es estructural o necesario para este modo de producción, puesto que le permite aumentar la tasa de explotación de los trabajadores no despedidos y, en consecuencia, la tasa de ganancia empresarial. Sin desempleo no hay capitalismo, y viceversa.[1]

Entonces, frente a tal ataque burgués-estatal y a su falsa oposición socialdemócrata-sindical ¿qué hacer? Contraatacar como clase. Responder. Protestar, considerando y superando las limitaciones y contradicciones de una protesta como la del mismo 17 de marzo. No ponerse, pues, a negociar migajas a la patronal y su Estado (como las “13 propuestas alternativas” o la “demanda de inconstitucionalidad” de la ley por parte de los sindicatos). No luchar en su terreno, sino en nuestro propio terreno de clase. Así pues, más que defender los inestables puestos de trabajo y nuestras ya deterioradas condiciones de existencia (lo que, por sobrevivencia, se hace forzosamente necesario, pero no es ni debe ser lo único), se trata de defender nuestra fuerza de trabajo (ej.: nuestra salud), su valor real (que no nos paguen menos ni nos suban más los precios) y, principalmente, defender nuestras necesidades humanas (ej.: alimentación y vivienda) contra las necesidades de la economía capitalista, la cual no se merece ningún sacrificio de nuestra parte.

Estas reivindicaciones de clase hay que pelearlas de manera colectiva, organizada y en las calles, pero ya sin intermediarios o representantes: afuera y en contra no sólo de las instituciones capitalistas y estatales, sino también de los partidos y sindicatos de izquierda, porque las primeras nos explotan y los segundos negocian nuestra explotación. Luchar de manera autónoma y antagonista, de la mano con generalizar y radicalizar el conflicto. Las fuertes protestas y disturbios por parte de miles de proletarios-as en contra de la actual reforma laboral en Francia, son un buen ejemplo concreto de ello.

Asimismo vale pelear por mejores condiciones de vida para nosotros-as y nuestra prole, a presente y a futuro; pero teniendo claro, por un lado, que en el sistema capitalista el trabajo es la única forma socialmente impuesta que tenemos los proletarios de subvenir a nuestras necesidades y, en ese sentido, no tener trabajo significa simplemente reventar de hambre… Por lo tanto hay que comprender la exigencia de un empleo por parte del trabajador como la exigencia de la necesidad humana de alimentarse, de vestirse y de reproducirse, él y su familia.[2] Pero, por otro lado, la consigna de “trabajo para todos” (o de “trabajo digno” o “empleo adecuado”, da lo mismo) es utópica, prueba evidente de lo cual es que si el capital no ha conseguido realizar el “pleno empleo” a escala mundial en período de prosperidad, es imposible que lo haga en período de crisis. Tal consigna es reaccionaria… porque es la idealización y la negación de la naturaleza contradictoria del capital, que sólo puede desarrollar el trabajo desarrollando simultáneamente el desempleo y la miseria… Por eso, en lugar de la consigna reformista: «Un salario justo por una jornada de trabajo justa», Marx nos hablaba ya de enarbolar la consigna revolucionaria: «¡Abolición del trabajo asalariado!»

Verdadero contenido éste de aquel histórico y universal 1º de Mayo de 1886 que hoy conmemoramos luchando. La abolición del trabajo asalariado, empero, no significa que vayamos a dejar de producir o a no hacer nada, sino que, sobre la base material de la comunidad de bienes y la cooperación entre iguales, produzcamos para satisfacer solamente nuestras necesidades y deseos humanos y ya nunca más para la valorización del inhumano y vampiresco Capital; esto es, una sociedad sin explotadores ni explotados.

[1] Ahora bien, si esta reforma y quienes la disputan se preocupan tanto por el alto desempleo juvenil existente en este país (14.75%), y en cambio quieren “promover el empleo juvenil”, más que por obvias razones económicas, es porque en el fondo les aterra que a la larga ese proletariado juvenil sobrante para el aparato productivo pueda convertirse en una amenaza para la paz social burguesa y ciudadana.

[2] Sólo los pequeñoburgueses mantenidos e ideologizados, hechos los lumpen y los “puros”, no comprenden y se dan el lujo adolescente de “rechazar” este hecho.

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