La Oveja Negra #40

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Contenido: Y sin embargo no lo pueden impedir/Ciclo: 80 años de la revolución española/Tres notas sobre el día patrio/«Vamos por la segunda y definitiva independencia»/Tecnópolis, la rendición de la cultura a la tecnología
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Y SIN EMBARGO NO LO PUEDEN IMPEDIR
En los últimos meses la Burguesía hizo más de lo que sabe: liberar las fuerzas del mercado, consolidando sus privilegios y librando de toda limitación los apetitos empresariales, todo lo cual se hace necesariamente contra el resto de la sociedad. Redujo el costo de la fuerza de trabajo y, allí donde existe, buscó doblegar la resistencia al ajuste tarifario e imponer una limitación a los incrementos salariales. Hubieron miles de despidos y amenazas que sembraron miedo, aun cuando la cantidad realizada fue inferior a la anunciada. A través de vigilancia y una férrea represión policial los miles de despidos, suspensiones y el tarifazo marcan una misma dinámica en la sociedad argentina.

El aumento de la intensidad del trabajo se ve acompañado por el avance y la profundización de la represión, a través de leyes como el “protocolo de seguridad” o fallos como el de la Corte Suprema de Justicia que, en medio de una ola de despidos, afirma que la huelga solo puede ser convocada por asociaciones sindicales con personería gremial y por los sindicatos simplemente inscriptos. Este fallo, que afecta ampliamente a los sectores de trabajadores no sindicalizados, tercerizados e informales, se produjo durante el pasado mes de junio.

En una ocasión, refiriéndonos al Poder Judicial cuando condenó a los petroleros de Las Heras, en Santa Cruz, decíamos: «¿Qué es un tribunal sin la fuerza armada que ejecuta sus fallos? ¿Qué son los jueces sin gendarmes, o los gendarmes sin jueces? La Justicia no está en la balanza sino en la espada. Sin el purgatorio y el infierno, nada sería el dios de los católicos, tan impotente en la tierra. La justicia y la paz social no la declara el que llora de impotencia sino el que tiene más armamento, más control.»

Pero atentos, la corte se expidió: «Es un delito organizarse por fuera del sindicato único. Aquel que lo haga será un delincuente». “¿Son buenos los delincuentes, o son malos?… ¿Qué puede importarnos eso a nosotros, compañeros?” ¡Siempre es peor el que encarna la Ley! Si todo derecho burgués se asienta sobre el robo, y mientras la vida del que produce sea esclava, cualquier huelga es más fecunda que el trabajo. El trabajo produce maravillas para los ricos, pero privaciones para los explotados. En su trabajo el trabajador no se afirma sino que se niega como ser humano, no se siente feliz, se siente desgraciado. Y sin embargo, la huelga no es tampoco un lugar de reposo. Al contrario, es doble fatiga, por dentro y por fuera.

Gloriosa labor sindicalista

La garantía del desarrollo capitalista se apoya en el rol pacificador de los sindicatos. El sindicalismo busca mantener el miedo a ser despedidos, encerrándonos a cambio de una paga miserable, encuadrados en los intereses productivos de la burguesía. Participan ellos también del banquete: organizan la explotación. El sindicato es un instrumento al servicio del Estado y el Capital, sin el cual no podrían llevar adelante sus políticas económicas. Y los más demagógicos, los que posan sus papadas como combativas, acusan al tribunal de no “ampliar derechos”; lejos de atacar el principio del Estado, protestan solamente contra las limitaciones impuestas por el régimen “liberal” a la realización del democrático “derecho a huelga”. Una sociedad fundada en la explotación del trabajo ajeno solo puede lograr cohesión interna por medio de una mentira de pretensión universal como la igualdad de participación en la democracia. La burguesía no tiene ningún proyecto que proponer que pueda conseguir la adhesión de todos y asegurar la cohesión social: por eso se apoya fuertemente en la represión.

Los sindicatos, los empresarios y los políticos, deben defenderse, defender la democracia y el Estado, defender su ley y su jurisprudencia. Defender la democracia como si fuera un templo. Y sabemos lo que pasa en los templos: el ritual, la palabra sin sangre; la vida en paz. En la nación argentina lo peor que puede hacer alguien es luchar sin que intervenga el Estado. Porque en este templo donde se deja vivir en paz democrática, hablar en paz democrática, todo hecho y toda actitud contra el Estado es peor que un crimen. La paz democrática… ¡Es una paz que te aplasta!


No basta con consumir día a día nuestras vidas con trabajos peligrosos e insalubres, con ritmos que crispan los nervios, cosas que aprendemos en un día o en un mes y repetimos como bestias. No basta con que quememos en esos trabajos las mejores horas y los mejores años de nuestras vidas, horas que podríamos dedicar al amor y al descanso. No basta con que la juventud viva sin diversión y sin perspectivas. No basta con los aumentos de precios y los salarios bajos. No basta con viajar apretujados y humillados en colectivos mientras los perros asesinos del Estado suben y viajan tranquilamente… sin pagar.

No basta con eso y llaman a la policía cuando no pueden acallar la lucha, y disparan contra los trabajadores que se niegan a sus leyes como hicieron hace días en Río Gallegos al aprobar un paquete de medidas de ajuste. No basta con eso en todo el territorio argentino y así, sometidos por la fuerza capitalista, somos encerrados en cárceles o cocinas, en prostíbulos o cementerios. Dejamos de hablar con la boca, lo hacemos con las heridas de la esclavitud moderna. Con las alas rotas. Como un ave cansada o dormida que hay que hacer que se desate del sueño y se alce, grave y potente; como cuando las palabras y los gestos se alzan contra las leyes de los burgueses, como cuando se vibró por que en la Argentina «se vayan todos».

En cientos de luchas que el Estado logró digerir con la represión y la recuperación combinadas, uno se ha vuelto a la casa o a la calle, a la cárcel o al trabajo, una vez más, derrotado. Y sin embargo no lo pueden impedir: las huelgas se repiten porque, amparadas o no por un derecho, no surgen de la letra muerta de la ley, sino de la necesidad humana de destruir lo que nos somete a diario.

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