Violencia y movimiento social en España: 1973

MOVIMIENTO IBÉRICO DE LIBERACIÓN (MIL)

Prefacio a la edición castellana

La enorme importancia que cobrará el aspecto militar en el futuro movimiento

Engels, 1851.

Los revolucionarios no se contentan con ser solidarios ante la represión. Afirman también sus posiciones fundamentales sobre la violencia contra todas las formas de democratismo y humanismo. Por supuesto, no se pretende la modernización del capital, sino la comunidad humana: el comunismo, pero esto implica la acción violenta coordinada. Nada en común tenemos con quienes olvidan uno u otro de ambos principios.

El pasado y el presente ofrecen demasiados ejemplos de fracasos revolucionarios determinados por la falta de firmeza en la aplicación de la violencia. Pero también de ejemplos de superaciones ilusorias del reformismo mediante la acción armada concebida como remedio milagroso. En España, por ejemplo, como medio de propaganda (los actos de terrorismo “anarquistas”). En América Latina, por ejemplo, como recurso para reagrupar a un núcleo (la guerrilla alrededor de un foco). Al hacerlo, se procura aún el mismo objetivo que el reformismo con otros métodos: juntar a muchos, “radicalizar a las masas”, pero, en este caso, mediante la violencia y no por la política tradicional, mediante el fusil y no por el voto. Se sustituye mecánicamente a un proletariado desfalleciente. El fracaso resulta inevitable.

La violencia es revolucionaria sólo cuando forma parte del movimiento social que ataca al salariado y a la economía de mercancías (el cambio).

Abril de 1974.

El 16 de septiembre de 1973, al asaltar un banco cerca de la frontera francesa, dos revolucionarios españoles fueron capturados por la policía. Siguió una ola de detenciones en Barcelona. En el curso de una de ellas, el 24 de septiembre, un miembro de la policía política (BPS) fue muerto y su asesino gravemente herido. La policía y la prensa españolas hicieron creer que se trataba de una banda de gangsters. Hay cuando menos doce inculpados, a tres de los cuales se amenaza con la pena de muerte.

En realidad, el asalto al banco se integra dentro de una serie de acciones a mano armada, realizadas desde hace algunos años por varios grupos autónomos informales en la región de Barcelona, con el propósito de recabar fondos para sostener actividades revolucionarias. Algunos firmaron sus actos con la sigla GAC: Grupos Autónomos de Combate, indicando mediante este signo común una acción común, pero sin constituir una organización formal. Tales actos no se proponían un objetivo político, en el sentido que la política consiste en actuar sobre otros, reagrupar, formar un poder reconocido procurando un puesto dentro de la sociedad. Las expropiaciones no convertían a sus autores en estrellas ni aspiraban a conmocionar obligatoriamente las imaginaciones, sino se trataba de obtener los recursos financieros para la acción en un país donde se necesitan mucho. La clandestinidad, por ejemplo, hace difíciles y costosos la publicación y el transporte de los textos. No cabe reprocharles situarse al lado de Proudhon, quien sabía que la propiedad equivale al robo. Aunque el robo no implica la destrucción de la propiedad, constituye un medio limitado pero útil en ciertos casos para organizar la lucha contra el sistema de propiedad. No procede aplicar un juicio de en “favor” o “contra” métodos cuyo empleo es cuestión de oportunidad, en fin de cuentas de determinación social. No se ejecutan tales acciones dondequiera. No fue casual que los revolucionarios rusos de principios del siglo recurrieran a dichos procedimientos, en una sociedad violentamente represiva que, como el Estado español, hacía disparar sobre los obreros desarmados.

La concepción materialista de la violencia excluye cualquier posición de principio en un sentido u otro. Tampoco radica en invertir los valores de la sociedad burguesa haciendo del terrorismo un bien y no un mal.

El revolucionario no expropia para devolver a los pobres, como hicieron los maoístas distribuyendo caviar robado a los inmigrados; (1) expropia para satisfacer una necesidad –social- revolucionaria. Comoquiera [sic], en la medida que explica su acto al ejecutarlo, lo cual era en general el caso, dirigiéndose a las personas presentes para exponer las razones de la expropiación, la acción adquiere una nueva dimensión. Revela en el seno de la sociedad otro movimiento social, una dinámica diferente, y tal develación [sic] es subversiva. No es sino efecto secundario: quienes recurren a la violencia armada esencialmente para ganar a los espíritus o los corazones, pretendiendo presionar para que se les reconozca, fracasan o se imponen como nuevo poder –los comandos palestinos en el primer caso, el Ejército Republicano Irlandés (IRA) en el segundo.

Por su propio carácter el capital expropia, despojando a los individuos del entorno en todos los niveles. Priva a los hombre y aún a las cosas (la naturaleza polucionada) de su ser para incorporarlos, convirtiéndolos en objetos, monstruos suyos, porqué no son ellos mismos ni meros engranajes del capital y sólo conocen una sociedad y una vida fragmentadas. Resulta muy normal que quienes lo combaten procedan también a reapropiaciones en todos los órdenes: materiales, sicológicos [sic], teóricos e incluso financieros. Mientras el capital exista, el dinero persistirá como mediador privilegiado en cualquier acción social. Mientras el enemigo triunfe se impondrá como mediación aun en las actividades revolucionarias. Es inevitable que, en determinados momentos, individuos o grupos radicales se vean compelidos a apropiarse por la fuerza de sumas de valor, aunque su objetivo y hasta su propia lógica, su ser, se dirijan contra el valor en todas sus formas. Sólo se sorprenderán y escandalizarán quienes no necesitan recursos para actuar porqué no actúan, o disponen de un aparato burocrático (como los trotskistas y los anarquistas oficiales) e inclusive del apoyo de un Estado (como el Partido Comunista Español [sic] –PCE- sostenido por los rusos y ciertos grupúsculos maoístas sostenidos por los chinos).

Paralelamente se constituyó una red eficaz de relaciones en el movimiento obrero de Barcelona, en particular mediante las bibliotecas proletarias y la participación activa en las luchas obreras autónomas. Conviene recordar que después de la doble derrota del proletariado (aplastado por el fascismo y adormecido por el antifascismo), las Comisiones Obreras aparecieron hacia 1962- 1965 después de huelgas salvajes iniciadas en las minas de Asturias. En 1966-1968, todos los partidos y organizaciones tradicionales trabajaron en el seno de las Comisiones Obreras (incluso dentro del sindicato estatal CNS en el caso del PCE), conquistando la dirección y transformándolas en estructuras reformistas. Entre 1968 y 1970, el efecto de los movimientos francés y italiano, combinado con la situación española, provocó una serie de luchas ideológicas en el interior de las Comisiones, pero también escisiones y evoluciones en todos los sentidos dentro de las extrema izquierda. Después, en 1970-1973, hubo el ascenso de las luchas obreras que recusaron los controles burocráticos y jerárquicos (volantes quemados, militantes políticos expulsados de las reuniones obreras, etc.). Contra esto se dirigió el ataque del Estado, amalgamando a todos los detenidos e inculpados, que procuró a la vez liquidar físicamente y desacreditar (lo uno facilita lo otro). Pretendía destruir una de las manifestaciones de la acción autónoma del proletariado español.

Totalmente opuestos a cualquier forma de reformismo y de antifascismo democrático, dichos reagrupamientos ponían en primer plano el programa comunista de abolición del salariado y del cambio. Tradujeron e hicieron circular varios textos franceses, como el de Barrot, Notas sobre la Revolución Rusa, el prefacio a La banda de Baader (Ediciones Champ Libre), un artículo de Negación y el artículo de Bériou sobre Irlanda publicado en Les Temps Modernes. Pusieron en general vivo interés en la lectura de Pannekoek y Bordiga sin ser ni consejistas ni bordiguistas.

Con el progreso de tales acciones, ciertos elementos que practicaron las expropiaciones, decidieron abandonar el procedimiento. Si las expropiaciones resultaron útiles para lanzar al movimiento (que de todos modos no crearon por sí solas), en la etapa siguiente se volvieron inútiles y aún peligrosas. En el estado actual de conocimientos, se ignora por qué y cómo organizaron otra nueva expropiación los camaradas detenidos el 16 de septiembre: las consideraciones al respecto se reservarán hasta contar con más amplia información. En todo caso es seguro que el Estado procura aniquilar el conjunto del trabajo realizado: 1. haciendo pasar los actos de violencia armada como gangsterismo, pero, sobre todo [sic], 2. asimilando a los elementos más radicales del movimiento obrero que no tomaron parte en tales actos con quienes los perpetraron. Se requiere pues mostrar la verdad sobre ambos puntos, distinguiéndolos bien.

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La violencia revolucionaria no es un medio que se decida aplicar porqué otros se revelaron inefectivos. Tampoco es una defensa contra un ataque, como si debiéramos siempre justificar una acción violenta presentándonos como “agredidos”. Las “teorías” de la violencia defensiva hacen el juego al enemigo. La violencia tampoco es mero instrumento. Aplica la fuerza (material, sicológica, etc.) para imponer algo. En tal sentido pertenece a toda la sociedad, también al comunismo que incluirá conflictos, porqué toda relación implica conflicto. Ni la armonía ni la anarquía existen en estado absoluto, estable, sino sólo en regulación recíproca. En el comunismo, los individuos y grupos por demás capaces de transformar su vida en la medida de los posible, tendrán a la vez conflictos y medios de arreglarlos sin desgarrarse ni mutilar a los otros y a sí mismo [sic]. El contenido mismo de la “violencia”adopta entonces sentido tan nuevo que aquí sólo se usa el término por comodidad: es aún el lenguaje del viejo mundo.

La sociedad es violenta en razón del carácter contradictorio del capital. Incluso en periodo próspero y pacífico destruye bienes y personas, deja las fuerzas productivas en barbecho, crea el hambre. Se sabe que el automóvil mató mas franceses desde 1945 que la Segunda Guerra Mundial. La violencia es también ideológica: se constriñe a hablar una lengua, se borra un pasado regional, etc. Se imponen prácticas sexuales. El capital realiza hasta el homicidio de los muertos, es decir, del trabajo pasado, acumulado por las generaciones fallecidas, cuando neglige [sic] o destruye la infraestructura material que no puede o no quiere mantener. El capital destroza cuerpos y espíritus mediante su propio funcionamiento. El garrotazo es la excepción. El Estado policiaco no es sino la parte y el producto de un fenómeno más amplio.

La reacción colectiva contra el capital incluye la violencia como medio de destruir la relación social opresiva. Hace más: el aislamiento se rompe mediante una práctica colectiva que es, además, violenta, En la revolución la comunidad se reconstituye por la violencia. Ésta es un medio para modificar las relaciones de producción y, en tal sentido, su propia aplicación es obra colectiva. La violencia es una forma positiva de recusar la organización social en cuanto corta sus raíces.

Los individuos se ven forzados a organizar el uso colectivo de la violencia para satisfacer sus reivindicaciones. En Francia, ahora, el problema del empleo de la fuerza en las actividades radicales se plantea rara vez: empero existe, contra el Estado, contra la izquierda y los “izquierdistas”, (2) cuando la confrontación se vuelve enfrentamiento, y precisa imponerse físicamente para expresarse y hacer lo que se debe hacer. En España, las relaciones sociales implican una necesidad más apremiante de recurrir a la fuerza, incluso a la fuerza armada: uno se halla entonces más rápido ante las tareas militares. Pero, aún en tal caso, la violencia resulta de necesidades sociales, que no se podrían satisfacer de otro modo, no de reagrupamientos militares separados de la vida social y compuestos por individuos que comprenden la necesidad de luchar sobre el plano armado, organizados y reclutados con tal objetivo.

El movimiento no puede prescindir de la violencia ni de la organización de la misma para responder a necesidades precisas. Cierto que en este dominio la improvisación total conduce al fracaso, pero una forma organizativa permanente y específica también. La “preparación” del empleo de la violencia no es obra de grupos organizados con tal perspectiva, sino de conexiones y medios sociales existentes dentro y por el proletariado. El proletariado no es sólo “sin reservas”, el negativo de esta sociedad: para negarse ponen también en ejecución los medios que le proporcionan “la experiencia proletaria”, su función, su existencia como trabajador colectivo, trabajo asociado (Kombiniert), trabajo en común (gemeinschaftlich), estudiados en el libro III de El Capital. El proletariado encuentra en su ser los elementos de su programa, pero también los medios de realizarse. En el nivel social, la acción militar se opera sobre todo [sic] mediante el tejido de relaciones que implica la propia existencia del proletariado. La “preparación de la insurrección” es antes que nada asunto de teoría, de participación en las luchas sociales, haciendo progresar las ideas, estableciendo contactos, etc. Ninguna necesidad hay de definirse como grupo militar específico, con su sigla y organización centradas esencialmente sobre la aplicación de la violencia. Individuos o grupos informales entran en contacto para una acción, de la cual sólo el contenido importa. En cuanto aparece la necesidad de una etiqueta se tiene una organización de la violencia militante y reclutando de inicio para la violencia, no para una actividad social conexa a necesidades reales. Toda la problemática guevarista del “foco” consiste precisamente en crear un polo militar en la ausencia del movimiento social. En cuanto se sitúa como núcleo del futuro “ejército” revolucionario actúa fuera, quiere decir, contra el proletariado, con el riesgo de transformarse en micropoder, una especie de “preEstado” que pretende reemplazar al antiguo. En España la conexión entre acción revolucionaria e infraestructura militar es inmediata, porque se choca con la fuerza militar del Estado en cuanto se comienza a actuar (represión contra las huelgas, las reuniones, la difusión, etc.). Se trata de saber cual infraestructura: porqué debe ser el órgano que hace posible el resto, y el resto es lo determinante. Cuando se hace un folleto el problema consiste en que circule, no en mantener una estructura armada quizá necesaria para su importación. La organización revolucionaria existe para organizar, no por sí misma. Tampoco pretende capitalizar las luchas: actúa de modo que su actividad pertenezca cada vez más a todo el mundo, teórica y materialmente, y favorece las iniciativas que le escapan y no centralizan. Este modo de ser también resulta mucho más efectivo ante la represión. Las organizaciones políticas hacen exactamente lo contrario.

Los grupos de combate pueden existir, pero como medio de lucha de clase. El objetivo consiste en expresarse lo mejor posible en las luchas sociales, actuando eventualmente con las armas, no en contar con grupos militares constituidos y preparados aquí y allá. En otro caso tales grupos, creados exteriormente al proletariado, permanecen exteriores. La relación con el movimiento social y la clase obrera difiere mucho cuando se organiza como grupo o cuando se organiza una actividad.

La práctica de los revolucionarios españoles no se proponía formar un aparato militar ni desarrollar el terrorismo contra los individuos o edificios representantes del orden establecido y cumpliendo una función material limitada. Empero, toda acción reproduce condiciones de existencia que tienden a perpetuarla más allá de su función. Los medios tienden a imponerse como fin en razón directa de la debilidad relativa del movimiento social. La clandestinidad suscita también una dinámica que puede provocar nuevas necesidades de dinero, nuevos golpes, etc. La única forma para tratar de evitarla consiste en adquirir una perspectiva clara sobre los objetivos del movimiento. Resulta mucho más importante la organización de grupos obreros, aptos para efectuar expropiaciones en caso dado, que crear un aparato militar. El criterio decisivo no reside en su centralización o autonomía, sino en su contenido propio. Si se define como reagrupamiento especializado permanente perderá todo contacto con las relaciones reales. Hay un proletariado que lucha, individuos que se organizan, algunos de los cuales a veces practican expropiaciones, no una organización militar arrastrando al resto. El movimiento social recurre a la violencia cada vez que se requiere. Y quienes no hacen uso la explican y justifican teóricamente.

El peligro consistiría en re-crear, bajo el pretexto de necesidades prácticas, un nuevo tipo de revolucionario profesional, que se distinguiría del proletariado, no por introducir la conciencia, sino por garantizar una tarea que el proletariado, “exclusivamente con sus propias fuerzas”, (3) resultaría incapaz de cumplir. Se reinventaría así el “leninismo”, sustituyendo a la acción violenta del proletariado (que aceptamos) la actividad de grupos, autónomos o centralizados, poco importa, de especialistas. La historia del movimiento enseña que los grupos de combate organizados al exterior del proletariado acaban, cualquiera que sean sus méritos iniciales, por autonomizarse de la lucha de clases, reclutando además a individuos muy diferentes de los proletarios revolucionarios, actuando por su cuenta: por dinero, por una imagen o para sobrevivir. Como sucedió a los bolcheviques. La crítica profunda del “leninismo” implica también esta comprensión.

EllosPrimeroLa insurrección es destructora de hombres y bienes, pero con el objetivo de destruir una relación social y en tal medida. Violencia y destrucción no son idénticas. La violencia es ante todo toma de posesión por la fuerza. La violencia revolucionaria es apropiación colectiva. Mientras que el capital debe destruir para triunfar, el comunismo, al contrario, presupone que los individuos se hacen cargo de su vida. Las concepciones “positivistas”, “racionalistas” y humanistas negligen el problema.

Los izquierdistas insisten sobre el “poder”, pero se trata de tener el poder de hacer, de transformar al mundo y a sí mismo. No se necesitan estructuras de poder, sino poder cambiar las estructuras. También hablan de armamento del proletariado, de lucha armada, sin unirlas al movimiento comunista. La guerra civil hace el juego al capital cuando no lo ataca. El problema no consiste en que los obreros se armen y combatan, sino en que utilicen sus armas contra las relaciones de mercado, contra el Estado. La guerra civil no constituye un bien en comparación a la guerra imperialista que sería un mal. Una guerra civil puede ser plenamente capitalista y aún oponer dos formas de Estado burgués. El criterio estriba en las relaciones de producción y del ejército: mientras triunfen las relaciones de mercado y la fuerza militar que las defiende, no hay movimiento hacia el comunismo. Precisa preguntarse siempre que determina la violencia, qué hacen los obreros, aún organizados en milicias: si éstas apoyan a un poder que preserva al capital, no son sino una forma sutil de integración de los obreros al Estado. La guerra civil española opuso dos formas, dos soluciones diferentes, pero ambas anticomunistas, de desarrollo del capital. En cuanto las milicias formadas contra el golpe de Estado de Franco aceptaron integrarse al Estado republicano, capitularon y prepararon el doble fracaso: ante la República (aplastamiento del proletariado de Barcelona en 1937) y ante los nacionalistas. Aquí también el comunismo es cuestión de contenido y sólo después de forma.

En los períodos no revolucionarios los grupos radicales también se proponen, entre otras tareas y cuando se requiere, la acción violenta organizada. Pero no pueden actuar como la fracción armada, la sección militar del proletariado. Siguen siendo proletarios como los otros, compelidos momentáneamente, quizá durante años, a entrar en una fase de lucha armada implicando cierto grado de clandestinidad. El riesgo consiste en tomarse como grupo aparte destinado a emplear indefinidamente la violencia. Al definirse y comportarse como el especialista de la violencia, se establece un monopolio y se aleja de las necesidades sociales reales que configuran el movimiento subversivo. Él mismo tiende a no expresar sus propias necesidades. En relación al resto del proletariado se convierte en nuevo poder aspirando al reconocimiento, como aparato primero militar, después político.

El término “terrorismo” en sentido amplio puede significar empleo del terror: en tal caso el capital es terrorista permanente. En sentido estricto, como práctica y a veces estrategia específicas, significa entonces aplicación de la violencia sobre los puntos sensibles de la sociedad. Cuando no forma parte de un movimiento social, suscita una violencia separada de las relaciones sociales. Existe una dinámica del terrorismo urbano que, en los países donde hay fuerte represión o la clase obrera se haya atomizada, se manifiesta de inmediato como una lucha entre dos aparatos, de la cual, por supuesto, el estado sale vencedor. Los obreros consideran a menudo las luchas políticas como un mundo por encima de ellos y asimismo observan los enfrentamientos terroristas/Estado contando los golpes. Cuando mucho se solidarizan moralmente. Hasta cabría preguntar si tal conflicto no ayuda a mantener el problema social en segundo plano.

El medio puede convertirse en fin: esto no es particular de la violencia. La teoría, medio de comprender para actuar mejor, puede sustituir a la acción. Pero los efectos son graves en el caso de la violencia. Si la insurrección es un arte, tampoco se puede jugar con la lucha armada. Cualquiera que sea la significación social de ciertos actos, que no es cuestión de condenar (asunto que compete a los jueces), no se les puede preconizar ni tampoco considerarlos un hecho positivo. El capital quiere la autodestrucción de las minorías radicales. Acorrala a algunos hasta la incapacidad de sorportarlo: un medio de liquidarlos consiste en empujarlos a tomar desde ahora las armas contra él. Aquí no se trata de “provocaciones” (que además son más frecuentes de lo que se cree), sino de presiones sociales.

La función de un movimiento social y de los grupos revolucionarios también consiste en organizarse, esforzándose en resistir a tales presiones. En verdad la teoría no arregla todo. No se hace algo porqué se le comprenda [sic]. Pero la teoría también forma parte de la práctica y se debe tomar en cuenta. Aprobar o rehusar criticar cualquier acto violento supone caer en la trampa del capital. La solidaridad total nunca excluye la crítica.

Hay dos ilusiones. Se cree que la violencia, al tener una relación inmediata con la realidad, se halla más asida a ella que los textos, por ejemplo. La violencia, como las publicaciones, puede funcionar como sustituto de otra práctica. Se es revolucionario cuando se tiende a subvertir lo que se tiene ante sí (y el resto). Baader pretendía de inicio despertar al proletariado alemán. Su aislamiento no era numérico, sino social (4). Precisa demoler otra ilusión: la violencia de “masas”. El criterio nunca es numérico. Una minoría ínfima puede ejecutar acciones violentas positivas cuando se integra a un movimiento social (esto vale también para las acciones particulares sin violencia). La acción subversiva no necesita refugiarse en el seno de las masas ni tampoco intenta sacudirlas mediante actos ejemplares. En todo caso, los grupos que oponen “violencia minoritaria” a “violencia de masas” entienden por masas al que las organiza, es decir, a los grandes partidos y sindicatos.

Mientras más contradictoria se vuelve la sociedad, más fragmenta y atomiza a los individuos, pero más suscita la necesidad de comunidad. La violencia sólo es revolucionaria y contribuye a formar la comunidad humana cuando ataca el fundamento de esta sociedad. Cuando sólo se mantiene de ilusiones de seudocomunidad es contrarrevolucionaria, conduciendo a la destrucción de los grupos subversivos o su transformación en poder suplementario.

Estas observaciones apenas son una contribución muy breve al problema, elaboradas rápidamente con el propósito de ayudar a los camaradas encarcelados. Requieren, por un lado, que el carácter revolucionario de sus actos se conozca, que la prensa trate su caso, para hacer presión sobre el tibunal; por otro lado, que el movimiento revolucionario mismo asegure la defensa e ilustración de sus actos. La ayuda “revolucionaria” no puede ser sino obra de los elementos subversivos mismos. Esta segunda acción es incluso una de las condiciones de la primera, porqué no cabe esperar de la izquierda y de la extrema izquierda que ayuden verdaderamente a personas que las combaten.

Un texto ulterior hará el balance de las acciones y constatará lo que hicieron unos y otros. La solidaridad es un sinsentido fuera de la práctica: por esto la habituales campañas “contra la represión” no son, para emplear una palabra de moda, sino racketts (bandas de pillos). El individuo no tiene nada que ofrecer salvo su simpatía y las organizaciones especializadas en la solidaridad reagrupan a tales individuos sin hacer nada. La solidaridad se limita a organizar la solidaridad. Incluso es francamente reaccionaria cuando grita hasta el “escándalo”, mientras que el llamado hecho escandaloso no es sino efecto de una causa que procuran no atacar. Se llega a denunciar o arreglar ciertos aspectos muy visibles de la represión social, pero salvaguardando el conjunto, inclusive modernizándolo.

En sentido estricto, el movimiento revolucionario no organiza ningún apoyo particular. Sus miembros –individuos o grupos- se sostienen naturalmente mediante su actividad y consiguen la ayuda necesaria. El problema del “apoyo” no se plantea sino a quienes son exteriores. Mediante la profundización de su acción, en contactos como en teoría, el movimiento subversivo sostiene a quienes necesitan ayuda.

5 de octubre de 1973

Notas

1. En 1972 un grupo maoísta asaltó el comercio de comestibles exóticos más caros de París, situado en uno de los barrios elegantes, por supuesto, exclusivo de la mediana y gran burguesía: Fauchon; robaron una pequeña cantidad que distribuyeron de modo caritativo entre los trabajadores inmigrados que habitan la periferia miserable de la ciudad.

2. Término peyorativo fabricado por el Partido Comunista Francés (PCF), utilizando a Lenin, para calificar a todos los que no siguen su política oportunista de derecha y reformista, en consecuencia, honroso.

3. Lenin, ¿Qué hacer?, en Obras escogidas en tres tomos, Moscú, Progreso, 1966, I, 142.

4. Pequeño grupo de intelectuales, teóricamente confuso, que hacía referencia al maoísmo, pero a veces también a la “ultraizquierda” alemana: Gorter, Pannekoeck, etc.; desarrolló una práctica de guerrilla urbana con valor y efectividad notables. El grupo fue completamente aniquilado, en parte por su propio comportamiento, en parte mediante provocaciones, entre 1971 y 1972. No obstante su extrema debilidad numérica, desencadenó en Alemania un pavor histérico en la burguesía y una reacción desproporcionada del Estado.

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