ANTIFASCISMO: INSTRUMENTO DEL CAPITALISMO

AntifascistasEnElParlamento

 Antifascistas en los parlamentos

Plomo, metralla, cárcel: Esa es la respuesta del

Frente Popular a los obreros de Barcelona que

 han osado resistir el ataque capitalista.

Bilan

Juan García Oliver planteó acto seguido el debate y la decisión a tomar como una elección entre una “absurda” dictadura anarquista o la colaboración con las demás fuerzas antifascistas en el Comité Central de Milicias para continuar la lucha contra el fascismo.

… Las alternativas planteadas eran falsas: no se trataba de ganar primero la guerra y luego la revolución (propuesta estalinista), o bien de hacer la guerra y la revolución al mismo tiempo (tesis poumista y libertaria), sino de abandonar, o no, los métodos y objetivos del proletariado. Las Milicias Populares del 21-25 de Julio eran auténticas Milicias proletarias; las Milicias, militarizadas o no, de octubre del 36 eran ya un ejército de obreros en una guerra dirigida por la burguesía (fuera fascista o republicana) al servicio de la burguesía (fuera democrática o fascista).

Agustín Guillamón 

La hostilidad es mucho mayor cada vez que opinan sobre mi película los políticamente reaccionarios. Así, un aprendiz de burócrata quiere aprobar mi audacia de “hacer una película política, no contando una historia, sino filmando directamente la teoría”. Sólo que él no ama mi teoría. Intuye que, bajo la apariencia de “la izquierda sin concesión”, me iré desplazando hacia la derecha, y que por esa razón ataco sistemáticamente a “los hombres de la izquierda unida”. Estos son los vocablos exagerados con los que el cretino se llena la boca. ¿Qué unión? ¿Qué izquierda? ¿Qué hombres?

Evidentemente, ésta no es más que la unión de los estalinistas con otros enemigos del proletariado. Cada uno de los socios conoce perfectamente al otro, por eso se engañan torpemente entre sí y se acusan a grandes voces cada dos por tres. Pero todavía esperan poder trampear juntos contra todas las iniciativas revolucionarias de los trabajadores para que, en caso de que no puedan salvar todos los obstáculos, puedan mantener como a ellos les convenga lo esencial del capitalismo. Son los mismos que reprimen en Portugal -como antes hicieron en Budapest- “las huelgas contra-revolucionarias” de los obreros; los mismos que aspiran a “comprometerse históricamente” en Italia; los mismos que se autodenominaban gobierno del Frente Popular cuando malograban las huelgas de 1936 y la revolución española.

La izquierda unida no es más que una pequeña mitificación defensiva de la sociedad espectacular, un caso particular con una vida muy breve, porque el sistema sólo la utiliza ocasionalmente. Yo sólo la he evocado de pasada en mi película, pero en el fondo la ataco con el desprecio que merece; como hicimos en Portugal sobre un mejor y más vasto terreno. Un periodista de la izquierda -que espera cierta notoriedad justificando que ha publicado un increíble falso documento, porque es así como él concibe la libertad de prensa-, resulta tanto más falsificador cuando insinúa que yo no habría atacado a los burócratas de Pekín tan limpiamente como a las otras clases dominantes. Por otra parte, deplora que un espíritu de mi altura se contente con hacer un “cine de ghetto” que sólo los locos van ver. El argumento no me convence: prefiero quedarme en la sombra, con los locos, antes que consentir sermonear en la claridad artificial que manipulan sus hipnotizadores.

Guy Debord (Refutación de todos los juicios) 

Fascismo y democracia han sido siempre sistemas políticos complementarios al servicio de los intereses del capital. Cuando la democracia no podía contener el empuje proletario, el capital recurría a formas de dominación más brutales. El fascismo italiano surgió al calor de las luchas obreras del norte de Italia, el nazismo alemán como respuesta a las insurrecciones de los años 20 y en España, el alzamiento militar que se convertiría en franquismo fue la reacción a una clara situación prerrevolucionaria. En todos los casos la socialdemocracia (los partidos socialistas y “comunistas”) allanó el camino de la represión o colaboró abiertamente con ella, combatiendo así a su verdadero enemigo: la revolución… El antifascismo como opción política es una farsa y los autoproclamados antifascistas de politiqueo y rueda de prensa no son más que los restos de una izquierda extraparlamentaria, grupuscular y burocrática reconvertida en ciudadanista y neodemócrata que busca clientela joven y rebelde. Que no nos vendan la moto antifa, el problema no es la derecha o la izquierda, es el capitalismo, es la democracia.

ANTIFASCISTAS: UN ESFUERZO MÁS SI QUIEREN SER REVOLUCIONARIOS. (Comunistas por la anarquía. Madrid)

Las derrotas sufridas por el proleta­riado durante sus intentos de ar­ticulación como partido histórico en la lucha por el comunismo, nos ense­ñaron que las fuerzas burguesas que su­puestamente bregaban por sus intereses, además de desmovilizarle, lo llevaron al matadero de las guerras mundiales. El pro­letariado, no puede sino aprender de esas mismas derrotas y llegar a la conclusión siguiente: históricamente el terreno del antifascismo es el terreno de la burguesía y por lo tanto de la contrarrevolución (el ejemplo sin duda más paradigmático de esto es la llamada “revolución española” de 1936-37), de modo que el proletariado revolucionario tiene la inminente e impe­riosa necesidad histórica y actual de rom­per con dicha ideología para luchar por la revolución social y sepultar para siempre la dictadura democrática del capital sobre la humanidad proletarizada y el planeta. Lo reaccionario o contrarrevolucionario del antifascismo es que sirve al capital porque fomenta la ilusión democrática frente a la dictadura, sumergiendo al pro­letariado en un falso antagonismo entre fascismo-democracia, cuando en realidad la democracia es la dictadura del capital y cuando el único antagonismo histórico real siempre ha sido, es y será capitalis­mo-comunismo, contrarrevolución capi­talista vs revolución proletaria.

Sabemos de antemano, el ruido que causa una premisa de esta magnitud para aquellos familiarizados e identificados en esta ideología; el asociar el antifascismo a un movimiento reaccionario que ha obs­taculizado la lucha revolucionaria, y por el contrario, sólo ha favorecido a la dictadura democrática del capital. Esta afirmación, puede sonar a un simple disparate inventa­do por gente que coquetea con la derecha y el fascismo, o también, infantilistas que critican cómodamente lo que ellos no han podido lograr. Nada más falso[1].

La crítica que los nú­cleos revolucionarios han realizado a lo largo de dé­cadas hacia el antifascis­mo, tiene sus fundamen­tos en los hechos históri­cos que se remontan al contexto de la brutal se­gunda Guerra Mundial, donde las potencias im­perialistas que peleaban contra Alemania, Italia y Japón, se sirvieron de la premisa “Todos unidos a frenar al fascismo”, con­siguiendo con éxito que el proletariado de diver­sos países – incluyendo al proletariado militante de organizaciones y grupos socialistas, comunistas y anarquistas- se enlistara y se sacrificara en la línea del frente de batalla, yen­do por el todo a destruir la amenaza alemana que rápidamente se expandía por el mundo.

Pero ¿Quién pagó el precio de la victo­ria de Churchill, Roosevelt y Stalin? Nada más y nada menos que el proletariado con su sangre.

Mientras Hitler durante su asenso, masacraba al proletariado rebelde y a los grupos revolucionarios en Alemania y Po­lonia, Stalin pactaba con él una tregua es­tratégica. Mientras Franco masacraba al proletariado en España, Stalin de la mano con el Frente Popular contribuía a la ma­tanza y erradicación de los revolucionarios que se oponían y denunciaban la falacia del gobierno republicano que pactaba con Francia e Inglaterra, a la vez que exhortaba retirar las barricadas y a desarmar a los tra­bajadores.

Ni la república, ni el Stalinismo ni nin­gún bloque antifascista, ya fuera, antes, durante o después de la guerra, llamó a la destrucción de la propiedad privada y del Estado nacional. El antifascismo no denun­ció a Inglaterra, Francia y la URSS como fuerzas capitalistas e imperialistas, nunca señaló al Frente Popular como un órgano de total colaboracionismo de clases.

El proletariado, durante la guerra de España en 1936, al derrotar a los militares rebeldes no destruyó el Estado capitalista (compuesto por los republicanos, estali­nistas y los dirigentes anarquistas traido­res que se prestaron a ocupar cargos de ministros) y en su lugar, optó por pactar una alianza bajo la premisa de Unidad An­tifascista. La contrabalanza conllevó a que el año siguiente, desde el buró político, los lideres que conformaban los comités y ór­ganos del gobierno de la República, decretaran el desarme de los revolu­cionarios en las barrica­das, ejerciendo feroces represalias (tortura, cár­cel y asesinato) a quienes desobedecieran some­terse al ejército regular que servía a la República.

El resultado inmedia­to fue que el proletaria­do, que el 19 de julio de 1936 se había logrado dotar de autonomía de clase y constituirse en fuerza revolucionaria; al pasar a pactar y bregar por la defensa y coope­ración con la República (la cual dos años antes ya había masacrado una insurrección de trabaja­dores en la provincia de Asturias) se entregó a sus verdugos que propicia­ron su derrota y abrieron paso a la victoria de Fran­co y la Falange que encabezaba.

Actualmente, el conglomerado esta­linista cínicamente denunciará a la repú­blica, no por reaccionaria en su esencia, sino por no confiar lo suficiente en la URSS y creer más en Inglaterra y Francia, dirán también, que los grupos que durante la guerra de España llamaron a luchar por la destrucción del Estado capitalista eran unos «infantilistas pequeño-burgueses sin porvenir» y un largo de términos despec­tivos más. Lo cierto es que todo el arma­toste ideológico que Stalin y sus partidarios denominan materialismo histórico, y que presumen de ser su fuente de análisis y comprensión de la realidad, no es sino una vulgar y totalmente contrarrevolucionaria masa amorfa de ideología basada en el

Eurodiputados con bandera antifascista ó cabría hacer la pregunta: ¡¿Por cuál anti­fascismo se nos manda al matadero de las guerras?!58

culto a la personalidad y la mentira cons­piranoica, que sirve a final de cuentas, para ocultar toda la serie de atrocidades que llevó a cabo en contra del proletariado re­volucionario. Por lo tanto, el antifascismo fue una de las principales armas de la con­trarrevolución en el siglo XX.

Hoy como ayer, todo el discurso -ahis­tórico – de los autonombrados antifascis­tas, busca sumergirnos en el pantano de la mentira, la ilusión y la derrota del prole­tariado, de la revolución. El accionar de los que hoy están encuadrados en la bandera del antifascismo, funge de soporte real que beneficia al imperialismo del Kremlin desde hace más de 60 años. Stalin, quien se movía y pactaba con los jefes de Estado, mientras en sus maniobras gestaba la ma­sacre de proletarios polacos y españoles (y que años más tarde no tuvo problema en pactar con Churchill y Rossevelt); hoy, a la misma usanza, Putin, quien aprueba y aplaude la labor de las repúblicas popula­res en el este de Ucrania, ha sido responsa­ble de la matanza del proletariado en esa zona, en Georgia, el Cáucaso y de la repre­sión a los revolucionarios en Rusia.

No está por demás subrayar el hecho de que las actuales Plataformas y Frentes de carácter antifascista, heredan la misma tradición contrarrevolucionaria que sólo sirve para llevar al proletariado a deambu­lar en el lodo reformista, tal como se expo­ne en un artículo publicado en la revista Ekintza Zuzena nº23:

«Desde grupos antifascistas se recla­man medidas estatales y legales que repre­salien al fascismo: leyes contra los grupos nazis, mayores medidas policiales, altas penas de prisión, etc. La aplicación de tales medidas difícilmente iría a nuestro favor más bien todo lo contrario. Con ello se re­fuerza el papel del Estado a nivel represor y se fortalece su poder. No deja de sorpren­der y alarmar que desde nuestras filas se dan armas a nuestro enemigo más seña­lado: el Estado. Así como se considere que sus leyes puedan ser nuestra salvaguarda contra quienes son ni más ni menos que sus cómplices: fascistas.»

No es nada extraño que actualmente muchos eurodiputados, independentis­tas y demás porquería socialdemócrata enarbole la bandera del antifascismo. Pero lo más grave y nefasto es que en el caso ucraniano <<el antifascismo muestra toda su fuerza contrarrevolucionaria y pese al desgaste que sufrió en el pasado sigue siendo una de las ideologías que mayor potencia de encuadramiento tiene sobre el proletariado>>[2] de allí y de todas partes.

Queda claro, pues, que la ruptura con toda ideología burguesa y de canalización reformista, atraviesa necesariamente por la ruptura total y radical con el antifascis­mo, concreta y actualmente, en y frente a la cuestión “ucraniana” (y de igual mane­ra ante la cuestión “kurda”).

Insistimos y rematamos entonces: ni “antifascismo” ni “república”, ni “anti­imperialismo” ni “liberación nacional” ni “autodeterminación de los pueblos”, ni dictadura ni democracia: lucha proleta­ria autónoma, radical e internacionalista contra el capitalismo, sus estados, sus patrias, sus guerras, su democracia y sus reformas; contra sus defensores y contra sus falsos críticos y opositores por igual; por la guerra de clases, la insurrección y la revolución comunista y anárquica mun­dial. A estas alturas de la historia, será eso ó perecer para siempre. •

[1]  Obviamente despreciamos a los fascis­tas y pensamos que lo único que se merecen es una 9mm en sus cabezas, por ser la extre­ma derecha del capital y el Estado. Pero tam­bién despreciamos a los antifascistas por ser unos social-demócratas, por ser la (a veces) extrema izquierda del capital y el Estado. La lucha anticapitalista y revolucionaria debe entonces tomar distancia, criticar, denun­ciar, combatir y aplastar a ambos enemigos.

[2]  Borrador de unos compañeros interna­cionales sobre Ucrania.

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